DE CUANDO ERES MUY MATUTINA


Anécdotas para reir y llorar, General / viernes, julio 20th, 2018

Los días comprendidos entre el 22 y el 27 de junio de 2011 cambiaron mi vida (No tengo hipertimesia, pero mi memoria autobiográfica suele ser una pasada).

El día 28 fue el primer día del resto de mi vida, en cuanto a capacidad de dormir se refiere.

Soy una persona muy matutina. Excesivamente madrugadora. Me levanto a horas intempestivas sin ton ni son. Entre las 6 y las 8 de la mañana voy a despertarme sí o sí. Aunque siempre hay días en que suena la campana y tengo el lujo de dormir hasta las 9. Lo sé, no por mucho madrugar amanece más temprano, pero también dicen que a quién madruga Dios le ayuda. Y no soy mucho de tener esa clase de fe pero oye, cuantos más puntos acumules, mejor.

Sé que para la mayor parte de la población esto es incomprensible y no les entra en la cabeza por qué diantres me levanto tan pronto y qué  diablos hago a esas horas. Especialmente un fin de semana. Porque sí, mi horario de sueño no diferencia entre fines de semana y semana laboral.

A mi favor debo decir que no es una decisión consciente. En ningún momento dictaminé que quería levantarme pronto; simplemente sucede.

A todo áquel que esté pensando: Te das la vuelta y vuelves a dormirte.

Imposible, no puede ser.
Si fuera tan fácil ya lo habría hecho, listo.

Da igual si me acuesto a las 22, las 00 o las 3 de la mañana. A las 8 estaré en pie igual.
Obviamente, el cansancio es directamente proporcional a la hora que me acuesto. Cómo más tarde, más cansada estoy al día siguiente. Por lo que suelo tener bastantes días inútiles y de poca lucidez. Días que tengo la sensación de ir bebida o con una sustancia psicoactiva depresora corriendo por mis venas (a ver si te pensabas que después de un semestre de psicofármaco no aprendí nada).
Es gracioso.
A ratos.
Pero claro, estos días mejor que me limite a relacionarme con personas que ya sepan de qué pie calzo. Para evitar impresiones desafortunadas.

La solución a mi despertar sobradamente matutino, que he aprendido con el tiempo, es acostarme pronto. Porque dormir me gusta mucho y encima, para más inri, soy de esa clase de personas que necesitan 8 malditas horas de sueño para ser personas ( lo que te he dicho hace un rato, poca lucidez)

Yo antes no era así.
Ni de lejos, vamos. Clásica persona capaz de dormir hasta las 2 del mediodía y que era despertada porque había llegado la hora de comer. Imaginaos el trauma que supone para alguien así que, de repente, su vida cambie y empiece a despertarse con las gallinas.

Todo, absolutamente todo, fue culpa de una semana de exámenes. Estaba yo muy felizmente en mi segundo año de carrera, con 20 días entre exámenes. Obviamente durante 15 de esos 20 días, hice más bien poco. Bueno, hacer hice; fui a la playa, salí, me tomaba mis cerves… estudiantilmente hablando ya es otro cantar.

Y nada, que nos plantamos al día 16, empieza la encerrona en la biblio y a rezar a todos los santos habidos y por haber. El primer examen fue bien, de hecho fue increíblemente bien. El segundo ya fue otra historia. El temario correspondía a dos malditas asignaturas con libros del grosor del quijote que hábilmente habíamos resumido entre tropecientos estudiantes de psicología.
5 días para estudiar con San Juan de por medio.
Un despropósito.

Básicamente esa semana no dormí más de 3 horas por noche (y no te creas que por estar estudiando, ojalá, simplemente no podía dormir). Ya puedes imaginar el estado deplorable en el que me encontraba y la de cafés que me tomé.
Y llegó el bendito día del último exámen antes de vacaciones. A las 17h de la tarde para alargar el sufrimiento.

Como prácticamente todos los condenados exámenes de la carrera, era tipo test con distintas permutas y una silla de distancia de cualquier otro ser vivo.

Voy a hacerte una pequeña introducción a la metodología a seguir en un exámen tipo test.

  1. Respondes todas las preguntas que sabes con certeza.
  2. Repasas.
  3. Rellenas la hoja de respuesta. Cuentas cuantas llevas por si ya estás más que aprobada (eso jamás suele pasar).
  4. Haces otra ronda con las preguntas que tienes más o menos seguras. (Aquí ya no repasas nada)
  5. Rellenas la hoja y vuleves a contar. Si ves que apruebas con más de un 7, entregas el exámen y te vas. (No suele pasar tampoco)
  6. Empiezas a arriegsarte con las que te suenan o directamente echas las cartas y rezas. Total, hemos venido a jugar.
  7. Sales del exámen sin querer comentar una sola respuesta para vivir en la inopia hasta que salgan las notas.

El caso es que ni en la primera ni en la segunda ronda llegaba al cinco. ¿Solución? Copié cuanto pude independientemente de no saber si el otro tenía más idea que  yo o el mismo modelo de exámen.

Después del sufrimiento, fuimos a tomarnos unas cañas para celebrar el inicio oficial de las vacaciones de verano (de las que yo ya había hecho una demo durante 20 días). A las 20h no podía con mi alma. A las 21h estaba en la cama.

Al día siguiente me levanté a las 8h de la mañana y nunca más se supo.

Esta es la historia detrás de mis madrugones épicos. Muy triste, lo sé. ¿Se podrá demandar a la facultad por algo así?

 

Ah! Aprobé el examen. Con un lamentable 5 pero bueno, menos es nada. (Menos es pagar el doble para volver a hacer la asignatura)

 

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