DE SER (DEMASIADO) APRENSIVO


Anécdotas para reir y llorar, General / lunes, septiembre 3rd, 2018

Cuando era pequeña quería ser pediatra.

Lo tenía clarísimo.

No me preguntes por qué o cómo lo decidí. Simplemente lo sabía y se lo iba contando a todo aquel que quisiera escucharlo.

Fue mi vocación hasta los 11 años aproximadamente. Una mañana de jueves, mi pronóstico de futuro se truncó así a bote pronto. Estaba en clase de naturales y estábamos en algún tema del cuerpo humano, a saber cuál. Ahí empezó la pesadilla: cuando entre medio de la lectura del libro y las explicaciones del profesor de turno se empezaron a nombrar arterias, anuerismas, sangre y otros conceptos que no quiero recordar. Yo, en mis tiernos once años, empecé a removerme en mi silla mientras se me revolvía la barriga y empezaba a marearme. Ahí lo supe; ¿Cómo diantres vas a estudiar medicina si no eres capaz de soportar una clase de naturales de quinto de primaria?

Y terminaron mis ganas de ser pediatra.

No soy capaz de soportar ninguna conversación acerca de ningún tipo de dolencia, enfermedad o peligro médico. Vivo más feliz en la inopia. De hecho, para mi propia salud e integridad física y mental necesito vivir en la inopia.

Me he desmayado dos veces en mi vida. Dos y no más. Su causa nunca ha sido un golpe de calor, falta de alimento o predisposición a las bajadas de tensión. ¿Yo? ¡Que va!

La última vez fue hace unos meses, cuando descubrí unas manchas extrañas en mis piernas, como hematómas. Todo el mundo sabe que nunca debes buscar en google en estos casos porque el pronóstico siempre va a ser parecido a peligro inminente.

Aquí tienes a la mayor consultora de síntomas en google. Evidentemente error.

Después de hacer mi consulta en google, me quedó un diagnóstico claro; estaba mal y podía ir a peor. Era domingo por la noche, después de descartar la opción urgencias, decidí que lo mejor era irse a la cama y buscar desesperadamente un médico a la mañana siguiente. Como siempre, fui a lavarme los dientes antes de ir a la cama cuando empezé a marearme. Todo me daba vueltas y, de repente, a pleno febrero empecé a sentir mucho calor. Me senté en la repisa de la bañera porque no era capaz de estar de pie. Y entonces estaba soñando algo bastante guay, hasta que abrí los ojos y oh no, estaba tirada en el suelo. Sí, me desmayé pensando en el pronóstico tan pesimista que me esperaba.

A la mañana siguiente llamé a todos los dermatólogos de la mútua para ver quién me daba cita antes.

Y llegó el día.

Lo primero que me preguntó el buen hombre es si tenía calefacción.

En este punto debo hacer una aclaración. Sí, tenemos calefacción, pero en cuatro años que llevamos viviendo en el piso, la hemos encendido dos meses. No, no es que sea un piso muy cálido. No, tampoco es que seamos muy calurosos y no la necesitemos. Es que la primera factura ascendió a 300€ porque no nos acordábamos de apagarla. Decidimos que se acabó, compramos un par de calefactores y tira millas. Así llevámos todos estos años. (Mis padres siguen sin comprender cómo he llegado a este estado de cutrez)

Volviendo al tema que nos concierne, tenía eritema ab igne, llamado comunmente cabrillas. Se produce por una exposición demasiado cercana y prolongada a fuentes de calor como estufas de halógeno. Ese fue el diagnóstico.

Un poco cutre, lo sé. Muy cutre, en realidad.
Pero como mínimo volví feliz y tranquila a casa, que ya es mucho.

Después de eso, se acabó la estufa. No sé cómo voy a sobrevivir el próximo invierno, pero ya lo descubriré.

 

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